Elecciones EEUU 2008

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Barack Obama

Diseño: Fernando Hernández e Ignacio Povedano | Coordinación: Juan Jiménez.

Nacido para ser presidente

Mercedes Gallego

La noticia de que un afroamericano se había convertido por primera vez en presidente de la revista "Harvard Law Review" definía a Barack Obama como «un joven estudiante de Hawai que no descarta un futuro en política», decía el cable. Era febrero de 1990. Obama tenía sólo 28 años, y si alguien piensa que su meteórica irrupción en la política estadounidense es casi espontánea, sólo tiene que echar la vista atrás y hurgar en los dieciocho años transcurridos desde que puso su primera piedra en la historia de la integración racial de EE UU.

Barack Obama
Barack Obama
Cuanto más tiempo estemos en Líbano, más difícil será marcharnos

Dicen que el imán que atrajo a Obama hasta Chicago, recién terminada la carrera de ciencias políticas y relaciones internacionales en la universidad neoyorquina de Columbia, fue la elección de Harold Washington como el primer alcalde negro de la ciudad. Obama tenía 23 años cuando le escribió para pedirle un puesto de trabajo en su Ayuntamiento. Nunca supo de él, así que se plantó con su coche de segunda mano en los guetos del sur de la ciudad para trabajar como organizador comunitario al servicio de una coalición de parroquias católicas, que le pagó poco más del sueldo base, dietas y kilometraje.

El trabajo de esos tres años hasta que volvió a la universidad se convertirían en su principal activo para demostrar luego en su carrera política su temprana vocación de servicio público con las clases más desfavorecidas.

No llevaba ni un año al frente de la "Harvard Law Review" cuando acudió a una entrevista de trabajo para una pequeña firma de abogados especializados en temas de derechos civiles, Davis, Miner, Barnhill & Galland. Cuando Judson Miner, uno de los socios, acudió al almuerzo que había concertado en un restaurante tailandés con un estudiante de Derecho a punto de graduarse pensó que lo estaba entrevistando para el puesto. Pronto se dio cuenta de que era el joven de 29 años el que le entrevistaba, acribillándole a preguntas sobre cómo había logrado triunfar en unas elecciones marcadas por la intolerancia racial mediante una coalición de gobierno en la que «se llevaba bien con todos los diferentes tipos de gente».

Según contó Miner recientemente al diario "The New York Times", «Obama dejó claro que estaba menos interesado en un puesto de trabajo que en aprender los intríngulis políticos de quien había sido la mano derecha del primer alcalde negro de Chicago». Miner había sido uno de los artífices de esa elección histórica y demostró ser un buen tutor del joven que buscaba aprender de su experiencia. En los próximo años le presentaría a los principales actores de la coalición que formó para aupar a Washington. Pronto serían pilares de su propia carrera política.

Contratiempo

Uno de ellos, Tony Rezko, su primer contribuyente político, le explotaría en las manos recientemente en plenas primarias demócratas a la presidencia. El miércoles pasado, un día después de que Obama ganase a Hillary Clinton el pulso por la nominación, el empresario e inversor inmobiliario ligado a númerosos escándalos de corrupción política fue condenado a prisión por fraude, extorsión y lavado de dinero.

Obama ha donado a obras de caridad más de cien mil euros que dice haber recibido de Rezko, pero la mancha que supone en su trayectoria está siendo ya explotada por el Partido Republicano de cara a las generales. Hay quien demanda incluso que se deshaga de la mansión que se compró en Chicago con ayuda de Rezko, 200.000 euros por debajo del precio original, que algunos relacionan al pago por favores políticos.

Pero en el gabinete de Miner, Obama desarrolló tareas muy fructíferas. El candidato a la Casa Blanca dirigió proyectos que luego le han sido muy útiles tanto para montar sus campañas como para su currículum político. Es el caso de los 150.000 nuevos votantes negros que logró registrar para las elecciones de 1992, con un patrón que sin duda se repetirá en los próximos meses de cara a las generales del 4 de noviembre.

De forma paradójica, uno de los grandes beneficiarios de aquel esfuerzo fue Bill Clinton, que salió elegido en aquella campaña y rebautizado como el "primer presidente negro". En deuda con su actuación también está Carol Moseley Braun, que en esas elecciones se convirtió en la primera mujer de color que llegó al Senado de EE UU.

La otra gran cantera de apoyos políticos en el barrio de Hyde Park donde había puesto el ojo saldría de la facultad de Derecho de la Universidad de Chicago, donde dio clases a tiempo parcial. Allí se buscó otro mentor, el juez Abner Mikva, congresista de Chicago, a quien se le da crédito por haberle enseñado a ser un personaje distinto para cada audiencia.

O en palabras de Mikva, «cómo apelar a diferentes constituyentes sin resultar inconsistente». En esa misma universidad fue apadrinado por Emil Jones, un poderoso afroamericano líder de los demócratas en el Senado estatal de Illinois, adonde llegó Obama en 1996, cinco años después de buscar ese puesto de trabajo que entonces nadie asociaba con el ascenso a la política.

Pronto le supo a poco y pensó que era hora de ir a por el siguiente peldaño, el salto de Chicago a Washington. Puso como meta el asiento del Congreso que tenía Bobby Rush, el fundador de los Panteras Negras de Illinois, creyendo de manera equivocada que con sus contactos y su experiencia en los suburbios podría arrebatarle el electorado negro.

El abogado mestizo financiado por los liberales blancos no funcionó en las iglesias negras, donde sus discursos «sonaban más a Harvard que a Chicago», confesó a la revista "Time" un asesor que dice haberle visto dormir a los feligreses. Allí su madre de Kansas, su educación de élite y sus discursos eruditos se convirtieron en un lastre. Ahora cuesta recordarlo, pero apenas en noviembre pasado Hillary Clinton era la favorita entre los afroamericanos por 53% a 33%. Era la época en la que Obama despertaba sospechas entre sus hermanos de color por no ser «lo suficientemente negro».

Quién lo iba a imaginar hoy, pero la única circunscripción que ganó era mayoritariamente de clase trabajadora católica irlandesa. La derrota frente a Rush fue apabullante: 61% a 30%, con sólo 1 de cada 4 votos negros, 45.000 euros de deuda y su futuro en el aire. Para el año 2000 hasta su matrimonio estaba en crisis debido a sus largas ausencias y su obcecación por hacer carrera política en vez de aceptar los trabajos bien pagados que le ofrecían.

Su gran discurso

Lo que realmente no perdió fueron las elecciones. En los siguientes años consolidó a su "base negra" gracias al apoyo de reverendos como Jesse Jackson, Jeremiah Wright o el padre Michael Pfleger, de los que ahora se ha tenido que deshacer ante la polémica que suscitan. Padrinos como Emil Jones le cedieron el crédito de las legislaciones con gran impacto entre las minorías, como la pena de muerte y los interrogatorios policiales. En 2002 su amigo y brillante estratega político David Axelrod, que también dirige su actual campaña, aceptó la misión de convertirle en el único senador afroamericano de Washington, ilustrando su campaña con fotos de ese primer alcalde afroamericano que le atrajo hasta Chicago.

La guerra de Irak le dio la oportunidad de capturar la atención nacional al pronunciar un gran discurso contra la invasión -entonces era popular- que dejó perplejos a todos. Lo difícil fue eliminar la competición demócrata en las primarias, porque después su rival republicano se retiró por un escándalo conyugal de sexo y puticlubes. El sucesor, Alan Keyes, no tuvo tiempo de recuperarse. Obama arrasó por 70% a 27%.

En Washington, nuevos mentores como Ted Kennedy o John Kerry le auparon al estrado nacional en la Convención Demócrata de Boston de 2004. Obama no lo desaprovechó. Ese día nació una estrella, y quienes lo conocían sabían que ya no pararía hasta llegar a la Casa Blanca. Hillary Clinton fue su penúltimo obstáculo. John McCain es el siguiente.

 

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