Elecciones EEUU 2008

perfil

Cindy McCain y Michelle Obama, dos esposas y un destino

Mercedes Gallego

Cindy McCain y Michelle Obama son los productos perfectos de las diferentes vidas que les ha tocado vivir a cada una de ellas.
Michelle Obama y Cindy McCain
Michelle Obama y Cindy McCain
Ambas son mujeres muy brillantes que han logrado mucho en sus propias vidas

Una esconde un armario lleno de esqueletos. La otra admite tener una boca sarcástica que «se traduce mal al papel impreso», lo que le causa muchos problemas. Ninguna quería que su marido fuera candidato a la presidencia de EE UU. Poco a poco han vencido sus reticencias y se han subido al tren electoral, pero tanto su relación con los medios como sus aportaciones a la campaña son radicalmente diferentes.

El 2 de marzo John McCain se encajó una gorra de béisbol y se plantó delante de la barbacoa con la espátula en la mano dispuesto a cautivar a los reporteros con su "salsa secreta" para las hamburguesas. Estaba pletórico. Hacía un mes que todo el mundo le daba por virtual nominado del Partido Republicano, pero la tenacidad de Mike Huckabee le había impedido formalizarlo. Ese domingo, en su rancho de Arizona, teñido por la piedra rojiza y los primeros rayos de la primavera, sentía que por fin podía celebrarlo con un grupo íntimo de ayudantes y reporteros que le acompañan habitualmente. En cuanto votase Texas, en menos de 48 horas, acabaría con eso del "virtual" ganador.

«Su mujer estaba por allí. Salió a saludarnos con una sonrisa forzada, dio un par de vueltas y se metió en la casa. Se veía que eso no es lo suyo», contó después un periodista estadounidense, que prefiere no dar su nombre. En su fuero interno Cindy McCain desprecia a la Prensa casi tanto como Michelle Obama detestaba la política -«una pérdida de tiempo» -, antes de creer que su marido podía cambiar las cosas. Su rencor hacia la letra impresa y los cortes televisivos de 30 segundos data de la campaña de 2000, cuando el bulo de que John McCain había engendrado una hija bastarda con una negra hundió sus aspiraciones presidenciales en tierra de confederados, después de haber ganado a George W. Bush en New Hampshire.

La niña en cuestión no era mestiza, sino de Bangladesh, y la idea de adoptarla no fue del senador, sino de su esposa, que se enamoró del bebé en un orfanato de la Madre Teresa. Pensó en ocultarle el episodio hasta que fuera mayor, pero Bridget se descubrió en los periódicos a través de Google antes de que su madre pudiera controlar la explosión.

A Cindy se le da bien ocultar cosas. Le mintió sobre su edad -y él sobre la suya- al conocerle, para que no se notase los 18 años que se llevan. Ella tenía 24 y él 43, pero cada uno se puso y se quitó 4. Lo descubrieron cuando un diario de Arizona publicó su licencia matrimonial.

La rica heredera


Habían pasado un año viéndose a escondidas porque John McCain no sólo era mucho mayor sino que estaba casado con una mujer que le esperó mientras él pasaba un lustro entero en un campo de concentración de Vietnam, para luego quedar lisiada en un accidente de tráfico. Un mes después de divorciarse de ella McCain se casó con la rica heredera, cuyo dinero y contactos familiares en Arizona pronto le convirtieron en senador de ese Estado.

Ella se esforzó en encajar en Washington -llegó a escribir a mano 4.000 postales navideñas en dos meses- pero la clase conservadora de entonces no la aceptó. Deprimida, después de tres abortos espontáneos, optó por volverse a Arizona y ver a su marido los fines de semana; al final, tuvieron tres hijos. Tenían 1, 3 y 5 años cuando ella se enganchó a unos calmantes opiáceos que le recetaron después de una cirugía de espalda, en medio de un escándalo de corrupción. Llegó a tomar hasta veinte diarios sin que nadie lo supiera en tres años, robándolos de la fundación de voluntarios médicos que había creado para zonas de desastre. Al descubrirlo, el director de Asuntos Internacionales avisó a sus padres, que la ingresaron en un centro de desintoxicación. Lo primero que hizo a su vuelta fue despedirlo. El tira y afloja de demandas mutuas por extorsión y despido improcedente estaba a punto de salir en la portada del "Phoenix New Times" cuando ella decidió parar el escándolo con sollozos frente a una cámara de televisión a la que confesó su pasada adicción.

Primero, madre


No es de extrañar que Cindy viese con aprehensión el nuevo intento de su marido de conquistar la presidencia, consciente de los ataques a los que ella y su familia tendrían que someterse de nuevo. Como Michelle Obama, Cindy McCain es madre antes que nada. Nunca ha vuelto a involucrarse en política como en aquella campaña de 2000. Concede pocas entrevistas y apenas coge el micrófono en los mítines de su marido.

No me odies porque soy guapa (y rica), podría decir la esposa del republicano. Rubia despampanante. Reina del rodeo. Hija única de un magnate cervecero cuya fortuna se cruza con la mafia de Nevada, sólo el año pasado declaró 6 millones de dólares en ingresos. Su capital se estima en más de cien.

Cindy se viste con diseños exclusivos de Oscar de la Renta, mientras que Michelle compra en Target y otras cadenas al alcance de las mujeres de a pie, que agotaron el modelo que vistió en un programa de televisión, como si fuera la nueva Oprah Winfrey. Pero pese a todo el dinero de Cindy, es Michelle la que entró en la lista de las diez mujeres mejor vestidas de la revista "Vanity Fair".
Con su sonrisa de esfinge y su perfecta talla, después de 53 años y tres hijos, Cindy despierta pocas simpatías entre quienes buscan mujeres reales. «¡No ha sonreído ni ha hecho ningún gesto facial desde finales de los 70!», bromeaba hiriente el presentador del "Show de Lionel": «¡Es 80% botox!»

A Carl Anthony, historiador de la Biblioteca de Primeras Damas y autor de diez libros en la materia, le repugna la superficialidad con que la Pre nsa está tratando a estas dos mujeres. Que si Michelle lleva cinturones anchos y no se pone medias, que si Cindy se suelta el pelo para "Vogue" y posa descalza...

Mujeres brillantes


En su opinión, «ambas son mujeres muy brillantes que han logrado mucho en sus propias vidas». «Ya es bastante estar casada con un senador de EE UU que aspira a presidente, con todos sus egos, tener hijos y ser activa en su propia carrera», enfatiza.

Anthony asegura que Cindy no es sólo una presidenta honoraria en la empresa Hensley and amp; Co., que herederó del propietario de Budweiser, sino que está muy involucrada en las decisiones del negocio. Ha viajado innumerables veces al Tercer Mundo en viajes filantrópicos, primero con su fundación Equipos Médicos de Voluntarios Americanos, y luego con Operación Sonrisa. Está en el consejo de administración de varias organizaciones caritativas, pilota aviones, coches de carreras, posee parte de un equipo de béisbol y antes de conocer a su marido estudió educación especial para niños con discapacidad.

«Será una primera dama al estilo de Laura Bush, influyente tras bambalinas», vaticina Jaqueline Berger, autora del libro "The First Ladies Lady".

En sus tres décadas casada con el senador ha aprendido lo que Michelle Obama acaba de comprender a los 44 años: que todo lo que diga se magnificará, se sacará de contexto y se utilizará en su contra. «No quiero ser una distracción, sino parte de la solución», se arrepintió hace algunos meses «la mitad furiosa de Obama», como la llaman muchos. Sus palabras de que «por primera vez en mi vida adulta me siento verdaderamente orgullosa de mi país» alimentaron un anuncio del Partido Republicano de Tennessee en el que se cuestiona su patriotismo. La propia Cindy McCain aprovechó para decir que ella «siempre» ha estado orgullosa de su país.

Ganarse todo a pulso


Michelle es una mujer que pisa fuerte en la vida porque se lo ha ganado todo a pulso. Creció en el seno de una familia obrera, compartiendo con su hermano, como dormitorio, el salón del apartamento en el que todavía vive su madre, y se empeñó en ir a una universidad de blancos, Princeton, donde la hicieron tan consciente de su "negritud" que centró en ello su tesis. Años después de estudiar derecho en Harvard seguía pagando los préstamos que pidió para financiar las prestigiosas universidades.

Cuando conoció a Obama en el gabinete de abogados Sidley Austin le encargaron enseñar al recién llegado, y al año siguiente se fue a trabajar para el Ayuntamiento. Ha estado en los consejos de administración de varias empresas y fundaciones, es vicepresidenta para relaciones con la comunidad del hospital de la Universidad de Chicago y dobla el sueldo de senador de su marido. Basta oírla para saber que no tiene guión. Si no puede ser ella misma, si su marido tiene que transformarse en un político más para ganar la Casa Blanca, el sacrificio no merece la pena.
A menudo se conectaba en silencio a las teleconferencias de la campaña sin lograr quedarse al margen. «Barack, ¡siente, no pienses!», le interrumpió una vez dejando mudos a los estrategas. «Sé visceral, usa el corazón», le ordenó.

Su cruzada particular es desmitificarlo y mantenerlo con los pies en el suelo; demostrar a la gente que «es sólo un hombre que ronca por las noches y huele mal por las mañanas». Que deja los calcetines tirados por cualquier lado, que no cierra la bolsa del pan y sale corriendo dejándola con el retrete atascado y las niñas por llevar a la escuela, como si ella no tuviera también un trabajo al que ir. «Soy un hombre imperfecto», suele decir el candidato en sus mítines; «mi mujer me lo recuerda todos los días».

Nancy Reagan se encargó con adoración de pulir la imagen de su marido. Michelle Obama publica los defectos del suyo. Los detalles escatológicos de su vida doméstica han indignado a quienes consideran esas intimidades poco presidenciales, sin que eso la haya hecho desistir. «Amo a mi marido, creo que es uno de los hombres más brillantes que he conocido, pero no es perfecto, y no quiero que la gente crea que lo es, porque luego se sentirán profundamente decepcionados cuando no alcance sus expectativas. Deben sentirse parte de este proyecto, no entregárselo al próximo mesías», proclama Michelle.

Si Obama gana será la primera vez que Michelle no tenga un trabajo propio, porque tampoco pretende ser el dos por uno de los Clinton. No quiso acompañarle en su primer viaje al exterior para lucirse con Carla Bruni en el palacio del Elíseo y sus trajes de Jacqueline Kennedy.

«Lo que soy»


«No es una mujer enfadada, de hecho creo que es muy feliz, pero no reprime ni modula sus reacciones emocionales», diagnostica el experto de la Biblioteca de Primeras Damas. Michelle Obama es una mujer de armas tomar, pero no al estilo de Hillary Clinton, que ataba en corto a cuantos la rodeaban y no permitía que nadie hablase sin su autorización. En una ocasión en la que un cámara apartó abruptamente a una de sus colaboradoras que se metía en el plano, Michelle salió al paso como una jabata: «¡No se te ocurra tocar a mi gente!».

Se levanta a las 4.30 de la mañana para hacer hora y media de deporte y aunque hace campaña por separado de esquina a esquina del país, se las apaña para volver a casa a tiempo para acostar a sus hijas, Malia y Sasha, de 7 y 10 años. Se ha propuesto no dormir fuera más de dos noches por semana y lograr que su marido saque la basura las pocas veces que aparece por casa y «las niñas le preguntan sorprendidas: "¿Qué haces aquí, papá?"», cuenta lamentando su ausencia.

Sus hijas están por encima de todo. Ha advertido que nadie en la Casa Blanca debe esperar una lista suya de deberes hasta que las haya instalado en un buen colegio y encontrado todo lo que necesitan para sus clases de piano y danza, sus partidos de fútbol... Michelle llega a todo e incluso lo encuentra relajante. «¿Qué clase de primera dama será?», le preguntó "Vogue". «Del mismo tipo que estás viendo en la campaña, porque eso es lo que realmente soy», zanjó.

Graficos Multimedia

_las primarias

Dura pugna en la elección del candidato demócrata.

_los sondeos

Obama aventaja a McCain en la recta final.

_sistema electoral

Así se elige al presidente de los Estados Unidos.

_presidentes

Estos son los presidentes más destacados que ha tenido EEUU.

_programa electoral

Compare las propuestas de demócratas y republicanos..

_redacción